Viajando en Clase Turista
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Lucerna, Suiza (Día 4)

Como es habitual, nuestro día comenzaría pronto. Rápidamente desayunamos y nos preparamos para comenzar el recorrido, que, tras poco menos de 2 horas de trayecto en coche acompañados de un clima espectacular, nos condujo a la que es conocida como la ciudad más hermosa de Suiza, Lucerna.

 

Aparcamos el coche en el parking público Kantonalbank, en la parte sur del centro de la ciudad. Desde allí continuamos a pie en dirección norte atravesando el Río Reuss sobre el famoso Kapellbrücke, una fantástica estructura de madera construida en 1365 que se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos del país.

 

Ya en el caso antiguo, realizamos una intensa sesión de fotos en el puente paralelo a Kapellbrücke, el Seebrücke, mucho más moderno y menos histórico, pero del que se obtiene una óptima vista del río y los puentes.

 

Callejeando por el casco antiguo, parándonos en alguna que otra tienda, nos dirigimos hacia el este para visitar uno de los más famosos iconos de la ciudad, el Monumento al León de Lucerna. Tallado en una enorme roca y protegido por un hermoso lago, se encuentra esta escultura de un león moribundo cuyo autor labró en el año 1819 en honor a los integrantes de la Guardia Suiza caídos durante la Revolución Francesa. Esta es, sin lugar a duda, una visita obligada en la ciudad. No solo por lo hermoso del lugar, sino por su carga histórica.

 

Retomando nuestro recorrido en dirección oeste, nos topamos de frente con la empinada Museggstrasse, calle que nos condujo, no sin esfuerzo (hay que tener en cuenta que íbamos empujando un carrito), hacia el siguiente punto de visita del día, la Muralla de Lucerna o Mussegmauer, la mejor prueba del esplendoroso pasado medieval de la localidad. Estas fortificaciones, en las que incluimos las 9 enormes torres que se distribuyen a lo largo de la muralla, se encuentra en un excelente estado de conservación y su visita es muy recomendable. 

 

Tras comer algo por la zona, empleamos parte de la tarde en recorrer otros puntos interesantes, como los edificios históricos de Am-Rhyn-Haus, Rathausturm o Peterskapelle, volvimos al coche para dirigirnos al último punto de interés del día.

 

La idea era culminar el día a bordo del Funicular de Alpnach más empinado del mundo, con una pendiente en algunos tramos del recorrido del 48% y que culmina en lo alto del Monte Pilatus, a unos 2.000 metros de altura. No obstante, al llegar a la estación, esta se encontraba completamente cerrada por reforma, así que tuvimos que cambiar el plan y dirigirnos hasta la localidad de Kriens, desde pretendíamos subir al Monte Pilatus en teleférico. Una vez allí Julia se puso algo malita (única vez en todo el viaje) por lo que, una vez más, tuvimos que abortar el plan, esperar a que se calmara y ya con el cielo oscureciéndose, emprender el camino de vuelta al apartamento. Y es que esto de viajar con niños tiene muchísimas cosas buenas, pero también te presenta situaciones como esta y, por supuesto, lo primero para nosotros es el bienestar de Julia.

 

El día acababa algo raro, pero eso no nos evitaba disfrutar de lo vivido en Lucerna, que había sido un gran descubrimiento para nosotros y a la que prometimos volver en algún otro momento de nuestras vidas.

 

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