Viajando en Clase Turista
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Lago Tekapo

La mañana amaneció muy fría. Habíamos dormido genial. Nos dimos una ducha, preparamos maletas, nos abrigamos bien e hicimos el check-out. Tras desayunar algo en una cafetería de la zona, nos dirigimos a la central de Jucy, compañía con la que, como ocurrió en Australia, habíamos reservado nuestro coche.

En esta ocasión nuestra elección fue un Fiat Punto, bastante más pequeño que la Campervan, pero con espacio suficiente para alojar maletas. Una vez revisado el estado del vehículo, firmado el contrato y cargado el equipaje, iniciamos nuestra primera ruta por Nueva Zelanda, siguiendo la carretera 1 en dirección sur.

Hicimos una pequeña parada en Geraldine, un pueblo a 1 hora y media de Christchurch, para tomar un café y estirar las piernas.

Retomamos la ruta y en apenas 1 hora más ya comenzamos a notar la bajada de temperatura. Las montañas se veían a lo lejos, completamente nevadas. Atravesamos las montañas para darnos de bruces con el que sería el destino final de la ruta: el majestuoso e imponente Lago Tekapo.

La zona era realmente espectacular. Un gran lago, de agua cristalina, rodeado de montañas nevadas. Sin rastro de nubes y con el sol brillando. Era realmente como estar en una postal.

Queríamos disfrutar del lugar, así que nos dirigimos rápidamente a nuestro alojamiento para realizar el check-in y poder continuar explorando. En este caso dormiríamos en Lake Tekapo Motels & Holiday Park, un complejo de casetas y camping para caravanas justo al pie del lago. Debemos decir que la ubicación era inmejorable, pero las condiciones del alojamiento dejaban mucho que desear. Tenemos la sensación de que, pese a esta ubicado en una zona tan fría, los bungalows no están correctamente aislados y son realmente fríos.

Aprovechamos para visitar una zona comercial en la que se encuentran la mayoría de locales de la zona: bares, restaurantes, tiendas de souvenirs y un supermercado. Compramos algo de comida y bebida y cocinamos unas hamburguesas en las parillas públicas que teníamos frente a nuestro bungalow.

Tras una reconfortante comida, continuamos explorando la zona, tomando instantáneas compulsivamente. Aquello era tan bonito que no podíamos dejar la cámara, pese a que rondábamos los 0 grados de temperatura y se nos congelaban las manos y la cara. Una de las áreas más concurridas, por su fotogenia y su atractivo, era la Church of the Good Shepherd o Iglesia del Buen Pastor, construida en 1935. A pocos metros, se encuentra también la Estatua de Bronce del Collie, en homenaje a la raza de perro que utilizan los pastores neozelandeses para guiar a sus ovejas.

Como pasa siempre que uno está disfrutando, el tiempo pasó volando y la noche se nos echaba encima. Nos quedamos junto al lago para apreciar la maravillosa puesta de sol. Los colores se multiplicaban en el cielo neozelandés. El azul y el rosa se mezclaban coronando las montañas de un intenso color blanco. Era algo espectacular.

Con la boca abierta y mucho mucho mucho frío, volvimos al camping, no sin antes pararnos en una cafetería para coger algo de calor tomando un café.

El día había sido intenso en emociones. Este lugar es mágico, transmite unas vibraciones muy positivas, uno se siente en contacto con la naturaleza y es, sin duda, visita obligada en la isla sur de Nueva Zelanda.

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