Viajando en Clase Turista
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DÍA 9 (5 abril 2018) - LUOYANG

Nos levantamos a eso de las 5 de la mañana para acabar de prepararlo todo y dirigirnos hacia la Terminal 1 del Aeropuerto de Shanghai-Hongqiao, donde nuestro vuelo hacia Luoyang salía a las 7.20h.

 

  • Salida Shanghai a las 07.20h. Llegada a Luoyang a las 09.30h.

 

El vuelo estuvo operado por China Eastern, aerolínea con base en Shanghai que opera vuelos tanto nacionales como internacionales. El avión, aunque pequeño, parecía nuevo y la atención del personal fue excelente. No obstante, el vuelo fue algo más movido de lo esperado, debido a la cantidad de nubes que cubrían el cielo aquel día. Aun así, tras poco más de 1 hora en el aire, aterrizamos en el pequeño y modesto Aeropuerto de Luoyang.

 

Luoyang es una ciudad-prefectura de la provincia de Henan, al este de China, cuya población supera los 8 millones de habitantes, por lo que se considera una ciudad mediana. A lo largo de la historia ha servido como capital de varias dinastías, entre las que destacan la Zhou, allá por el año 770 a.C., y la Wei, ya en el 493 d.C. Sus templos y lugares de culto atraen turismo de diferentes países, aunque principalmente proveniente del continente asiático.

 

Nosotros éramos la excepción y eso quedó claro nada más atravesar la puerta de salida de la terminal, cuando cerca de 20 taxistas chinos se abalanzaron sobre nosotros para intentar coger nuestras las maletas y meterlas en sus maleteros. Éramos los únicos rostros no asiáticos del lugar, y eso para los chinos es sinónimo de dinero. Al final, un poco al azar, para qué negarlo, nos decidimos por uno de ellos, le enseñamos el documento de reserva del hotel con el nombre escrito en chino y la foto de la fachada del edificio y nos pusimos en marcha.

 

Al llegar al hotel le pedimos al taxista que nos esperara fuera mientras realizábamos el check-in. El recepcionista del hotel, que no hablaba ni “papa” de inglés, nos comentó que, pese a ser de la misma compañía, ese no era nuestro hotel, y nos facilitó un mapa con la ubicación correcta. Volvimos a montar en el taxi de nuestro nuevo amigo que, sin coste extra, nos condujo al otro hotel de la compañía, más al sur de la ciudad. Al entrar, las chicas de recepción nos miraron extrañadas y tras intentar comunicarnos con ellas sin éxito decidieron llamar a la directora del hotel que, no sin esfuerzo y con un inglés absolutamente macarrónico, nos comunicó que nuestra reserva no había sido tramitada y el hotel carecía de plazas libres. Os podéis imaginar que el cabreo que llevábamos en el cuerpo en ese momento era importante. Sobre todo tras el madrugón, el viaje infernal en avión y cerca de 45 minutos dando vueltas en taxi por la ciudad.

 

Tras unos momentos de tensión, la directora accedió amablemente a acompañarnos en su propio coche hasta el hotel en el que habíamos estado minutos antes, de la misma compañía, donde sí había habitaciones libres, eso sí, siempre que estuviéramos dispuestos a pagar en cash (estos chinos son más listos de lo que creemos).

 

Después de todo el trajín y de instalarnos en la nueva habitación, tomamos un nuevo taxi que por unos 30 yuanes nos condujo al lugar objeto de nuestra visita a esta caótica ciudad: las Grutas de Longmen, un conjunto de excavaciones que en el año 2000 fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

 

Su historia se remonta al año 500, tras el traslado a Luoyang de la dinastía Wei del Norte y su excavación se continuó bajo la mano de la dinastía Tang. La primera de las grutas fue la de Guyang, a la que le siguieron las de Binyang y la de los Diez mil Budas. El recorrido, de más de un kilómetro a orillas del río Yi, culmina con la impresionante Gruta de Fengxian, la mayor de todas, que en su día fue un templo techado, y que hoy alberga una imponente estatua de Buda Vaichorana, de más de 17 metros de altura, cuya figura flanquean sus dos discípulos Ananda y Kashpaya.

 

La visita, siempre que no te molesten las aglomeraciones, es muy interesante e incluso se hace corta. El lugar tiene ese aura mística que envuelve a todo aquello que tiene que ver con el budismo y la historia de China. Os aconsejamos que preparéis vuestra cámara y vuestros móviles, porque os aseguramos que tomaréis muchísimas fotos.

 

La entrada tiene un coste de 100 yuanes por persona y el recinto abre de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Se puede llegar tanto en bus (53, 60 y 81 desde Luoyang) como en taxi, que es la opción por la que nos decantamos nosotros. Tras comprar la entrada, una especie de mini furgonetas llamadas battery cars te conducen hasta la entrada de las grutas. Esos mismos vehículos son los que te conducen después a la salida. También tienes la opción de hacer todo el trayecto a pie, cosa que desaconsejamos.

 

Nuestra visita se alargó hasta prácticamente el cierre de las instalaciones, cuando aprovechamos la puesta de sol para hacer algunas fotos de las grutas desde la otra parte del río.

 

Algo curioso de China es que es muy común compartir taxi, y esta experiencia fue la que nos tocó vivir en el taxi de vuelta al hotel, donde subió con nosotros una familia china, originaria de Shanghai, profesor de matemáticas él y profesora de inglés ella, y su hijo pequeño, con los que pudimos hacernos la foto que veis aquí abajo.

 

Así acabó un ajetreado día, que empezó muy mal pero que acabó siendo uno de los que más recordamos cuando rememoramos este viaje con amigos y familiares.

 

 

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